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Un ‘Paradigma Nuevo’ para un ‘Tiempo Nuevo’ por Teresa Arranz & Gustavo Bertolotto

Hemos entrado en un nuevo milenio. Algunos hemos sido conscientes de que una determinada forma de pensar y actuar ha desembocado en el cambio climático, en el consumismo que empobrece a los pobres y en la ausencia de los valores que generan plenitud… Dicen por ahí que aquellos que no contemplan su historia están condenados a repetirla, y si bien el comienzo del 2000 marcó un punto de reflexión para comenzar a hacer las cosas de forma diferente, sólo la voluntad y la decisión personal e intransferible de ir más allá de los mapas de la realidad que habíamos concebido hasta ahora podrán superar los limites que nosotros nos hemos puesto para encontrar nuevas soluciones a los conflictos que asolan el mundo.

Si pretendemos cambiar “la realidad”, es lícito preguntarse ¿Qué es la realidad? ¿Qué abarca, dónde termina y dónde comienza? La física cuántica viene a complicarnos un poco más las cosas afirmando que la realidad observada depende de la condición del observador. Esta idea propuesta hace ya muchos siglos por los místicos fue magistralmente resumida por el lingüista Korzybsky al decir: “el mapa no es el territorio”. Si el mapa mental fuera tan exacto como el territorio ocuparía exactamente el mismo lugar, con lo cual no sería funcional, no nos cabría en la mochila.

Cada persona confecciona en su mente un mapa funcional de “la realidad” atendiendo a las experiencias y sucesos que considera más relevantes, o los que nos han o nos hemos acostumbrado a registrar. De este modo sintetizamos “la realidad” en un mapa manejable que va a condicionar lo que percibimos, qué recordamos, cómo lo relacionamos y por lo tanto cómo valoramos lo vivido. Según la lingüística hay tres formas básicas de síntesis mental para que la realidad se convierta en un mapa de bolsillo: el principio de generalización, de omisión y distorsión. Dicho de otra forma, todos nosotros sin excepción, para generar explicaciones sobre lo que está pasando en nuestro mundo recurrimos a: generalizar ideas en base a nuestra experiencia, omitir cierta parte de información y relacionar y encadenar sucesos, distorsionar, según nuestro propio criterio.

El mapa de comprensión del Universo y del comportamiento de las partículas elementales que conforman la materia propuesto por la ciencia actual, nos dice que no existe separación entre las partículas, que todo es energía en distintos grados vibratorios y que toda separación es ilusoria. Como dice David Bohm: “la comunicación entre partículas muy distantes es posible porque en realidad no están separadas” y Paul Davies afirma: “el Universo (y todo lo contenido en él) no está formado de un conjunto de partes separadas, sino que existe una especie de Unidad universal”. Creo que todos hemos escuchado estas teorías que constituyen nuevo paradigma, más amplio, para explicar el Universo y las relaciones de los objetos entre sí. Si aplicamos este mismo mapa para pensar en el Ser humano, sus relaciones con otros y con la naturaleza, lo concebiríamos como una Unidad constituida por infinidad de “partículas” aparentemente separadas aunque unidas entre sí en constante comunicación…

El antiguo modelo de la civilización griega concibe al Ser humano constituido por tres planos de manifestación: soma o cuerpo físico, psique que es el conjunto de intelecto y emociones (llamada alma y/o mente) y pneuma, el plano más sutil (al que llamamos espíritu). En este antiguo modelo se describe a la psique constituida por una materia flexible y de gran plasticidad que cumple la función de conexión entre soma y pneuma, el cuerpo y el espíritu. Este mapa del ser humano estuvo presente en todos los planteamientos físicos y humanistas de las civilizaciones antiguas y aunque fue abandonado por nuestra civilización occidental hace pocos siglos, comenzó a ser recuperado parcialmente a principios de los años 50 con el concepto de que el hombre es una unidad psicosomática.

A lo largo de la historia y dependiendo de las teorías emergentes en cada época se ha sintetizado “la realidad” generalizando unas ideas y omitiendo y distorsionando – relacionando – otras. Hemos generalizado la importancia del pneuma omitiendo el soma y la psique (Edad Media) o hemos relacionado soma y psique omitiendo el nous (positivismo). Para elaborar una teoría manejable generalizamos un modelo de relaciones que siempre limitará de alguna forma nuestra comprensión, pero será abarcable, manejable. Esto es vital para que nos demos cuenta de que lo que pensamos sobre la realidad es una síntesis y no es tan infalible, es un mapa útil con todas las limitaciones de un mapa de bolsillo que merece la pena ser revisado y analizado para saber qué parámetros hemos generalizado, omitido y distorsionado.

Einstein insistía en que no se puede resolver ningún problema desde el mismo nivel de conciencia en el que se ha creado. Es hora de ampliar nuestro mapa de la realidad para buscar nuevos pensamientos y acciones ante el gran desafío del siglo XXI. Cada uno tendrá que hacer su propio análisis para re-elaborar su mapa, ocupar su lugar y efectuar las acciones oportunas en consecuencia.

Nuestra re-elaboración personal de “la realidad” ha adquirido el paradigma de la ciencia actual para creer que todos y todo estamos interconectados y unidos por una energía común. Este mapa mental nos ha hecho poner mucha atención y cariño a los pensamientos, sentimientos y acciones del día a día, sabiendo que puedo proyectar consuelo hacia cualquier zona en conflicto y limpiar el planeta purificando mis propias acciones. Resonamos con esa “realidad” interconectada de lo pneuna-psico-somático apuntada en los griegos. Si todos los campos tienen incidencia unos sobre los otros, es posible sanar con nuevos pensamientos, emociones, posturas y experiencias espirituales.

Si quieres cambiar “la realidad” tal vez sea interesante comprender primero cómo has elaborado tu propio mapa mental: ¿Qué sueles generalizar, omitir, relacionar/distorsionar? Tal vez este sea el primer paso para generar nuevas acciones, nuevos modelos para un tiempo nuevo.

TERESA ARRANZ y GUSTAVO BERTOLOTTO

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